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martes, 18 de octubre de 2011

El legado de Supernanny


“Déjala sola, no le hagas caso”. Eso le ha dicho una madre a su hija cuando su nieta pataleaba enrabietada en el suelo. Acto seguido, la niña, de no más de 3 años, se ha levantado y ha salido corriendo hacia la carretera. Antes no se hacía así, porque antes no existía un programa de televisión en el que te enseñan a educar a tus hijos.



No es cuestión de culpar a la experta Rocío Ramos-Paul de los accidentes que puedan sufrir los niños sólo porque recomiende a los padres “dejarlos solos para que ellos mismos piensen en las consecuencias de sus actos”. No es para tanto. Pero sí es cierto que el teatro que forman en los hogares cuando Supernanny entra en acción penetra en los telespectadores.


Al ver hoy la escena que he descrito, me ha venido a la cabeza el breve momento de sofá del viernes en el que vi el programa de Cuatro y una reacción en particular de la madre protagonista de esa noche: quería volver del parque a casa con su hija y ésta se empeñaba en seguir jugando. Rocío le aconsejó/empujó a que diera la espalda a la niña y empezara a andar. Bastante atrasada, la hija lloraba como una descosida corriendo de un lado para otro, ya en la calle. La misma escena, la misma consecuencia. Las dos niñas se dan cuenta de que son ellas las que tienen que ir hacia la madre, y no al contrario.





Supernanny estará en lo cierto con sus teorías puestas en práctica todos los viernes por la noche a través de la pantalla. Pero yo no puedo evitar pensar que, cuando crezcan, esas hijas pueden enterarse de cómo arriesgaban sus madres para que entraran en razón. Eso sí, serán personas educadas que abandonaron sus rabietas gracias al legado de esa gran mujer.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Lo bueno y lo malo de la televisión



La cosa va de series, y algo más. Esta noche podremos ver en Antena 3 el segundo capítulo de Hispania. ¡Qué buena! Había mucho donde elegir el lunes en la pequeña pantalla, pero pronto se despejaron las dudas. “Las chicas de oro” dura poco y, dentro de lo que cabe, se puede seguir una semana sin haberlo visto la anterior. ¿Los príncipes o los romanos? Se ve un poco de cada una y decidimos. Medio minuto después, ya está, decidido. No queremos dormirnos mientras vemos la serie más “real” que se ha hecho en la historia de la televisión española. 

En estos dos últimos días han corrido ríos de tinta comparando las dos producciones. Y la guerra continúa. La conclusión está clara: Antena 3 ha superado esta vez a Telecinco. La principal diferencia estuvo en la idea. Y es que a veces es mejor contar algo nuevo o inventado antes que recordar lo que todo el mundo conoce a pies juntillas. Estamos “cansados” de ver en televisión, en las revistas y en los periódicos a los Reyes y a los Príncipes. Sabemos muy bien cómo son, cómo hablan y cómo andan, cómo iban vestidos el día de la pedida. Así que contárnoslo una vez más a través de actores sobrecaracterizados que nuestra mente relaciona automáticamente con otros papeles que han hecho a lo largo de su carrera es un error. Viendo a Amaia Salamanca fumando un cigarro junto a la Reina Sofía pensábamos que en cualquier momento iba a aparecer el Duque diciéndole: “Deja a Felipe y escápate conmigo Catalina”. ¡Qué tostón! Hasta en la propia cadena se han metido con su miniserie.

Hispania fue otra cosa. De todo lo que pasó sólo nos sonaba un poco que el Imperio Romano quería extenderse por todos los territorios hasta entonces conocidos. Nada más. A partir de ahí una historia normal contada en una serie de televisión. Bien contada. De hecho, cerca de cinco millones de espectadores pulsaron el 3 de su mando en lugar del 5 (siempre y cuando hayan logrado la ardua tarea de ordenar los canales de TDT en su televisión).



Pero a lo que me refiero con “lo malo de la televisión” al ponerlo en el título de esta entrada no es sólo la historia de amor entre Felipe y Letizia. Ayer vi y escuché algo peor. Durante la emisión del partido de Copa del Rey entre el Ceuta y el Barça los comentaristas dieron la noticia de última hora de que el fundador de C.C.O.O., Marcelino Camacho, había fallecido. Te lo dicen y te lo crees. Automáticamente surge la duda de quién es ese señor y para resolverlas Internet es la mejor herramienta. Buscando una fotografía de esta persona lo primero que aparecía en Google eran numerosas noticias confirmando la noticia. Si algún incrédulo desconfió de la palabra de los comentaristas de La Sexta entraba en razón en ese preciso momento. Bueno, pues era mentira. Pobre hombre, por ahora sólo está ingresado en el hospital y, como en el cuento de Pedro y el lobo, cuando ocurra de verdad igual no nos lo vamos a creer. ¡Bendita televisión, puede que perdiera el Barça y estamos totalmente engañados!

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Niño con etiqueta


Cuando tenga veinte años y su peso esté dentro de lo normal seguirá siendo el mismo. Incluso cuando tenga cuarenta puede que alguien que se lo cruce por la calle diga: mira, ¿ese no es el niño obeso de Orense?


Queda claro que para reconocer el tema del que nos están hablando, en los medios de comunicación tienen que ponerle alguna etiqueta. Lo malo es que puede ser muy complicado eliminarla, no sólo porque todo el mundo lo conoce a través de ella, sino porque él mismo la acabará asumiendo, si es que no lo ha hecho ya. Esta mañana en televisión una psicóloga ha hablado de cómo puede afectarle a un niño de 10 años la repercusión mediática de su caso. Lo lee en la prensa, ve continuamente a sus padres en televisión, escucha cómo se especula durante semanas sobre su paradero.


No se sabe cómo vivirá el niño con ese calificativo. Aunque ahora mismo me viene una opción a la cabeza, porque puede aprovecharse muy bien de él. Dentro de unos años incluso podría utilizar su popularidad para ganar dinero y aún más reconocimiento. Ya lo veremos.


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**Ya dije que en este país sobran jueces, y buena muestra de ello es lo que le han hecho a Diego Pastrana, acusado de maltratar, abusar sexualmente y causar la muerte de la hija de su novia, Aitana. Los médicos aseguraron que las lesiones que presentaba la pequeña eran propias de maltratos, la policía denunció estos abusos asumiendo que había sido él el culpable y el juez tampoco se ocupó de comprobarlo hasta que el informe forense demostró que la niña murió a causa de un golpe en la cabeza por una caída. En los medios de comunicación también se ha estado apoyando de forma indirecta la culpabilidad de Diego desde el mismo momento en el que Aitana ingresó en el hospital.


Alguien debería compensar a ese hombre por haberle acusado con tanta convicción. Aunque, ¿qué tipo de indemnización subsana el hecho de haber estado en el ojo del huracán sin merecerlo?


martes, 17 de noviembre de 2009

Sobran jueces


Es suficiente ver la televisión durante un par de horas para darse cuenta de que en este país no dejamos de realizar juicios, con o sin fundamentos legales. Y hay personas que debería tener más cuidado.


Está claro que en la vida diaria, en las actividades cotidianas que requieren relación con otras personas, lo hacemos con frecuencia. Juzgamos a quien tenemos enfrente e, incluso, a quienes se cruzan con nosotros por la calle simplemente por su forma de vestir. Pero no por ello los mandamos a la cárcel; entre las paredes de nuestra casa no tenemos poder ni razones para hacerlo. Sin embargo, en la pequeña pantalla algunos hablan como si estuvieran en su salón. Hoy, por ejemplo, lo ha hecho Pedro Piqueras.


No me gusta criticar a una persona concreta porque no sé exactamente si se ha tratado de un error o algo voluntario; incluso el fallo ha podido ser de otro miembro del equipo de redacción del informativo de Telecinco. El caso es que Piqueras, cuando introducía la noticia sobre el juicio por el asesinato del alcalde de Fago, se ha referido al principal acusado, Santiago Mainar, como “el asesino”. Una de las primeras cosas que me enseñaron en la carrera fue a poner delante la palabra “presunto”. Y también a dejar que el lector/espectador/radioyente sea el que se cree su propia opinión de los hechos que el periodista le transmite de la forma más objetiva posible.

Pero he visto más jueces en los programas televisivos de hoy. En “Las mañanas de Cuatro” también estaban tratando el mismo tema, o casi debería decir, el mismo circo. Porque en parte el juicio que se está celebrando en Huesca es precisamente eso: un espectáculo en el que, solamente en la sala en la que se celebra la vista debe haber más cámaras que en plató de “Sálvame”. Pues bien, Concha García Campoy estaba acompañada por varios periodistas y además, un par de expertos en psicología que analizaban la comunicación no verbal de Mainar. Tras estudiar sus gestos a la hora de declarar han asegurado que son más propios de personas que elaboran los hechos en su cabeza que de aquellas que los recuerdan. Es decir, han dicho claramente que el PRESUNTO asesino ha estado tres años inventándose su declaración y que su mirada perdida y dubitativa confirma que es culpable. Eso sí, después han asegurado que defienden eso de que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Quizá ya era demasiado tarde señores expertos, porque quienes lo estábamos viendo nos hemos creído a pies juntillas su teoría de los gestos.

Así es casi imposible ser objetivos también a la hora de juzgarlos en los tribunales. Los jueces de verdad tienen que ver cómo algunos periodistas y otros muchos expertos en todo usurpan su asiento, y, quieran o no, también deben verse influidos por lo que dicen. La semana pasada se dictó sentencia sobre el caso Nagore, y lo hizo un jurado popular al que se le aisló durante unos días sin televisión, sin Internet, sin acceso a la prensa y sin teléfonos móviles. De todos estos lujos, está claro cuál es el más inofensivo.