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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Niño con etiqueta


Cuando tenga veinte años y su peso esté dentro de lo normal seguirá siendo el mismo. Incluso cuando tenga cuarenta puede que alguien que se lo cruce por la calle diga: mira, ¿ese no es el niño obeso de Orense?


Queda claro que para reconocer el tema del que nos están hablando, en los medios de comunicación tienen que ponerle alguna etiqueta. Lo malo es que puede ser muy complicado eliminarla, no sólo porque todo el mundo lo conoce a través de ella, sino porque él mismo la acabará asumiendo, si es que no lo ha hecho ya. Esta mañana en televisión una psicóloga ha hablado de cómo puede afectarle a un niño de 10 años la repercusión mediática de su caso. Lo lee en la prensa, ve continuamente a sus padres en televisión, escucha cómo se especula durante semanas sobre su paradero.


No se sabe cómo vivirá el niño con ese calificativo. Aunque ahora mismo me viene una opción a la cabeza, porque puede aprovecharse muy bien de él. Dentro de unos años incluso podría utilizar su popularidad para ganar dinero y aún más reconocimiento. Ya lo veremos.


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**Ya dije que en este país sobran jueces, y buena muestra de ello es lo que le han hecho a Diego Pastrana, acusado de maltratar, abusar sexualmente y causar la muerte de la hija de su novia, Aitana. Los médicos aseguraron que las lesiones que presentaba la pequeña eran propias de maltratos, la policía denunció estos abusos asumiendo que había sido él el culpable y el juez tampoco se ocupó de comprobarlo hasta que el informe forense demostró que la niña murió a causa de un golpe en la cabeza por una caída. En los medios de comunicación también se ha estado apoyando de forma indirecta la culpabilidad de Diego desde el mismo momento en el que Aitana ingresó en el hospital.


Alguien debería compensar a ese hombre por haberle acusado con tanta convicción. Aunque, ¿qué tipo de indemnización subsana el hecho de haber estado en el ojo del huracán sin merecerlo?


martes, 17 de noviembre de 2009

Sobran jueces


Es suficiente ver la televisión durante un par de horas para darse cuenta de que en este país no dejamos de realizar juicios, con o sin fundamentos legales. Y hay personas que debería tener más cuidado.


Está claro que en la vida diaria, en las actividades cotidianas que requieren relación con otras personas, lo hacemos con frecuencia. Juzgamos a quien tenemos enfrente e, incluso, a quienes se cruzan con nosotros por la calle simplemente por su forma de vestir. Pero no por ello los mandamos a la cárcel; entre las paredes de nuestra casa no tenemos poder ni razones para hacerlo. Sin embargo, en la pequeña pantalla algunos hablan como si estuvieran en su salón. Hoy, por ejemplo, lo ha hecho Pedro Piqueras.


No me gusta criticar a una persona concreta porque no sé exactamente si se ha tratado de un error o algo voluntario; incluso el fallo ha podido ser de otro miembro del equipo de redacción del informativo de Telecinco. El caso es que Piqueras, cuando introducía la noticia sobre el juicio por el asesinato del alcalde de Fago, se ha referido al principal acusado, Santiago Mainar, como “el asesino”. Una de las primeras cosas que me enseñaron en la carrera fue a poner delante la palabra “presunto”. Y también a dejar que el lector/espectador/radioyente sea el que se cree su propia opinión de los hechos que el periodista le transmite de la forma más objetiva posible.

Pero he visto más jueces en los programas televisivos de hoy. En “Las mañanas de Cuatro” también estaban tratando el mismo tema, o casi debería decir, el mismo circo. Porque en parte el juicio que se está celebrando en Huesca es precisamente eso: un espectáculo en el que, solamente en la sala en la que se celebra la vista debe haber más cámaras que en plató de “Sálvame”. Pues bien, Concha García Campoy estaba acompañada por varios periodistas y además, un par de expertos en psicología que analizaban la comunicación no verbal de Mainar. Tras estudiar sus gestos a la hora de declarar han asegurado que son más propios de personas que elaboran los hechos en su cabeza que de aquellas que los recuerdan. Es decir, han dicho claramente que el PRESUNTO asesino ha estado tres años inventándose su declaración y que su mirada perdida y dubitativa confirma que es culpable. Eso sí, después han asegurado que defienden eso de que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Quizá ya era demasiado tarde señores expertos, porque quienes lo estábamos viendo nos hemos creído a pies juntillas su teoría de los gestos.

Así es casi imposible ser objetivos también a la hora de juzgarlos en los tribunales. Los jueces de verdad tienen que ver cómo algunos periodistas y otros muchos expertos en todo usurpan su asiento, y, quieran o no, también deben verse influidos por lo que dicen. La semana pasada se dictó sentencia sobre el caso Nagore, y lo hizo un jurado popular al que se le aisló durante unos días sin televisión, sin Internet, sin acceso a la prensa y sin teléfonos móviles. De todos estos lujos, está claro cuál es el más inofensivo.