lunes, 12 de diciembre de 2011

Ya VS Sólo



Según la RAE, una persona positiva es aquella que busca la realidad de las cosas o su aspecto práctico. Según yo, positivo es quien da más importancia a la parte buena de lo que le pasa que a la mala. Todo, sea lo que sea, tiene las dos, y ahí es donde hay que saber valorar.

Tener o no trabajo, tener o no pareja, que llueva o no caiga ni una gota... Según el tipo de persona que viva estas situaciones, asumir sus consecuencias será más o menos llevadero. Incluso el simple acto de decir qué día de la semana es puede demostrar que eres positivo o negativo. Poca gente dice, en tono informal: “Hoy es lunes”. Más bien decimos “Sólo es lunes” o “ya es lunes”. Esa es la diferencia. Puede parecer mentira, pero los días son más llevaderos si decimos lo segundo. Bueno, sí, quizás el lunes no sea el día más indicado para ver cómo avanza la semana, pero mañana mismo podemos empezar a ponerlo en práctica. Digamos “¡ya es martes!” y seguro que el miércoles tarda un poco menos en llegar. El viernes sigue estando igual de lejos y hasta entonces nuestras obligaciones habrá que cumplirlas de todos modos, pero cambiarán las formas. Eso es ser positivo, aunque la RAE no ponga el ejemplo de los días de la semana para explicarlo.

Quizás también influya cómo hemos vivido. Si podemos comparar la velocidad a la que se nos pasan los días con respecto a hace unos meses o unos años lo llevaremos mejor o peor. Depende de los hábitos, las rutinas, el tener o no algo con lo que pasar el tiempo... Y ahí viene la queja o la conformidad; el sentirse conforme con lo que se tiene porque antes no lo teníamos o, al contrario, la desazón de ver cómo ha cambiado el día a día al perder algo de nuestra vida. Por eso es mejor ser positivo, porque ahora podemos estar mal pero también es cierto que dentro de dos días podemos estar peor.


Yo, mañana, cuando me pregunten o, sin más, salga el tema del paso del tiempo, diré: “Ya es martes”.


jueves, 17 de noviembre de 2011

Adiós, José Luis



Siete años son muchos
. Desde que llegó a lo más alto de la política española en 2004, José Luis Rodríguez Zapatero ha hecho muchas cosas. Pero sin duda pasará a la historia por dos en concreto: la foto con sus hijas al lado de Barack Obama y el contagio y gestión de la recesión/crisis/estancamiento económico por todos los lugares y sectores del país.


Cuando se estudie su caso en los libros de historia de España será una de esas lecciones con excepción. “José Luis Rodríguez Zapatero, del PSOE, gobernó durante dos legislaturas”. Automáticamente los alumnos podrían pensar: ya está, 8 años. ¡Pues no!, fueron 7 años y 8 meses, más o menos. Aunque le podíamos quitar uno, porque es cierto que este último mes de su etapa en La Moncloa está lleno de interrogantes sobre su paradero. No aparece por ningún lado y, cuando lo hace, causa sensación. Su fiel Alfredo Rodríguez Perez Rubalcaba, como lo llama amistosamente Rajoy, le dio un culazo antes incluso de presentarse como candidato y lo mandó a la trastienda del PSOE y del panorama político en general. Pobre hombre.

Ya debe tener las maletas hechas. Sólo falta cerrarlas y, ya está, a hacer limpieza general en la casa para que todo esté al gusto del próximo inquilino. ¿Qué pensará él? ¿Confiará en la remontada de su partido en estos últimos días de campaña o dará por hecho que su rival en las dos últimas elecciones conseguirá por fin su sueño de vivir allí? Creo que el propio Rajoy debe tener gran parte de culpa en el adelanto de las comicios. Lo imagino llamando a José Luis: “Soy Mariano, buenas tardes. Anda, hazme el favor de acortar un poco la espera. Mi mujer y yo llevamos ocho años intentando instalarnos allí y no hay manera, a ver si ahora puede ser. A ti que más te da, si no vas a hacer ya nada en claro. Gracias tío, un saludo y un placer.”
 
Si Zapatero tiene un cuadro de José Bono en el salón (algo que me parecería muy apropiado), creo que lo va a dejar ahí con la esperanza de que sea Alfredo el que abra la puerta y diga: “¡Ya estamos en casa!”. Y si no, que lo deje también. No creo que a Mariano le moleste demasiado después de verlo durante tanto tiempo poniendo orden en el Hemiciclo. Así, de paso, José Luis le dejará un recadito para que no se olvide de él al menos durante los próximos cuatro años y pueda contar a sus nietos que él fue el que gobernó después de Zapatero, el de la crisis y el de las hijas góticas amigas de Obama. Bueno, y el de ETA.


Porque la gran y solitaria victoria conseguida en la etapa de José Luis es sin duda el fin de la violencia de ETA, culmen a casi ocho años en los que los atentados y la actividad en general de la banda terrorista han sido por suerte escasos. Es como ganar la Champions League el mismo año en el que desciendes a Segunda. Dejas al equipo y a la afición con la difícil tarea de salir del infierno pero con el trofeo de la paz en la vitrina, bien colocadito, reluciente.



martes, 18 de octubre de 2011

El legado de Supernanny


“Déjala sola, no le hagas caso”. Eso le ha dicho una madre a su hija cuando su nieta pataleaba enrabietada en el suelo. Acto seguido, la niña, de no más de 3 años, se ha levantado y ha salido corriendo hacia la carretera. Antes no se hacía así, porque antes no existía un programa de televisión en el que te enseñan a educar a tus hijos.



No es cuestión de culpar a la experta Rocío Ramos-Paul de los accidentes que puedan sufrir los niños sólo porque recomiende a los padres “dejarlos solos para que ellos mismos piensen en las consecuencias de sus actos”. No es para tanto. Pero sí es cierto que el teatro que forman en los hogares cuando Supernanny entra en acción penetra en los telespectadores.


Al ver hoy la escena que he descrito, me ha venido a la cabeza el breve momento de sofá del viernes en el que vi el programa de Cuatro y una reacción en particular de la madre protagonista de esa noche: quería volver del parque a casa con su hija y ésta se empeñaba en seguir jugando. Rocío le aconsejó/empujó a que diera la espalda a la niña y empezara a andar. Bastante atrasada, la hija lloraba como una descosida corriendo de un lado para otro, ya en la calle. La misma escena, la misma consecuencia. Las dos niñas se dan cuenta de que son ellas las que tienen que ir hacia la madre, y no al contrario.





Supernanny estará en lo cierto con sus teorías puestas en práctica todos los viernes por la noche a través de la pantalla. Pero yo no puedo evitar pensar que, cuando crezcan, esas hijas pueden enterarse de cómo arriesgaban sus madres para que entraran en razón. Eso sí, serán personas educadas que abandonaron sus rabietas gracias al legado de esa gran mujer.

lunes, 17 de octubre de 2011

El límite


Decimos a veces que lo bueno, si es breve, dos veces bueno. Pues bien, en los últimos años nos hemos tomado muy en serio esta expresión en un aspecto muy concreto: las comunicaciones sociales. Ya no hay párrafos, no escribimos más de dos líneas seguidas, sólo usamos punto y seguido o punto y final; no hay punto y aparte.

Nuestras mentes se han acostumbrado tanto a leer comentarios en Twitter, Facebook, Tuenti, WhatsApp y demás inventos que hasta los mensajes de texto que enviamos con el móvil aprovechando todos las letras que se puedan se nos hacen largos. Incluso los tweets en los que se utilizan los 140 caracteres hacen daño a la vista; resultan cansinos. Una simple expresión, dos como mucho, acompañadas de un enlace es lo habitual. Y quien lo lee tiene tres opciones: no ampliar la información y pasar a otro tweet, pinchar en el enlace y conformarse con leer el titular de la nueva ventana o, la menos probable, abrir la nueva página y leer hasta la última palabra de lo que el otro twittero nos ha recomendado. Si el enlace lleva a un vídeo de Youtube, nos evitamos tener que elegir, lo vemos entero.



Lo que podemos contar en cuatro o cinco párrafos no lo contamos. Y quien diga que sí, miente. En tres líneas no se puede transmitir lo mismo ni se puede explicar lo que realmente queremos contar si utilizamos para ello un sitio Web escrito por otra persona. Todos tenemos opinión, y mucha. Si seguimos a este ritmo, nuestras cabezas se van a acostumbrar tanto a lo breve que acabará pensando así, con límites de ideas e intentando reducirlas a toda costa para que nos las acepten.