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lunes, 25 de marzo de 2013

Inmovilismo


Estar doce meses ausente en Internet supone prácticamente morir. El Batiente falleció días después de que publicara el último post pero queda su recuerdo, sus párrafos, las opiniones que se trasmitieron a través de sus líneas, y eso seguirá aquí guardado o colgado, como se quiera decir. 


Puede sonar a excusa, pero en realidad no es fácil escribir más de tres líneas seguidas hoy en día si no te pagan por ello. Ya no se estila. Como todas las modas, los blogs han pasado a un segundo o tercer plano en la Red y por delante de ellos se han colocado la brevedad y la inmediatez, se han hecho pequeñitas y se han introducido en nuestros teléfonos móviles (smartphones los llaman ahora) para dejar de lado incluso a los PC’s. En un segundo te escriben, lo recibes y estás contestando o creándote una opinión de lo leído aunque no la manifiestes. Ya no se estilan estos párrafos tan largos.



Ya no se estila enviar mensajes de texto a un amigo para quedar. ¿Y estar más de dos minutos con la duda de si lo habrá recibido, lo habrá leído y estará contestando? Imposible. Y, ¿qué me decís de eso de “dar un toque”? También pasó a la historia por lo mismo, por el suplicio que supone no saber si el receptor lo ha escuchado o no. En sus lugares están el tic verde, con su ápice de duda, y el doble tic verde, que genera automáticamente unas ganas tremendas de pedir explicaciones sobre por qué han pasado cinco minutos y no contestas. 



A todo esto, mientras la forma de comunicarnos va cambiando nosotros seguimos iguales, sentados en el mismo sofá, comiendo en la misma mesa y escribiéndonos a todas horas con aquellos familiares y amigos con los que antes sólo “hablábamos” si encendíamos en ordenador, abríamos el correo y les enviábamos una parrafada para ver qué tal le iba la vida. Podían tardar días en contestar, si es que contestaban, y no pasaba nada. La otra alternativa era hablar de verdad, descolgar el teléfono, marcar y (esto quizás algunos no lo recuerden) preguntar “¿está fulanito?”. Ya no se estila. 



Puede que pase un año, o dos, o solamente un par de semanas y la forma de comunicarnos los unos con los otros o, más bien, controlarnos los unos a los otros, dé miles de vueltas. Sin embargo eso no nos va a cambiar a nosotros mismos automáticamente. El modelo de teléfono móvil, el whatsapp, la tarifa con más megas o tu agilísimo dedo pulgar no pueden vivir por ti. 



¿Cuántas cosas importantes han pasado desde la última vez que nos salimos al fresco? Ahora nos toca a cada uno decidir con qué vara de medir calculamos la respuesta. Hay dos opciones: con la que marcan Twitter con sus TT y el número de caritas de asombro que hayas recibido en tu Whatsapp o, por el contrario, con tu día a día, con el cómo, dónde y con quién estabas en marzo y abril de 2012 comparado con el cómo, dónde y con quién estás ahora.


lunes, 17 de octubre de 2011

El límite


Decimos a veces que lo bueno, si es breve, dos veces bueno. Pues bien, en los últimos años nos hemos tomado muy en serio esta expresión en un aspecto muy concreto: las comunicaciones sociales. Ya no hay párrafos, no escribimos más de dos líneas seguidas, sólo usamos punto y seguido o punto y final; no hay punto y aparte.

Nuestras mentes se han acostumbrado tanto a leer comentarios en Twitter, Facebook, Tuenti, WhatsApp y demás inventos que hasta los mensajes de texto que enviamos con el móvil aprovechando todos las letras que se puedan se nos hacen largos. Incluso los tweets en los que se utilizan los 140 caracteres hacen daño a la vista; resultan cansinos. Una simple expresión, dos como mucho, acompañadas de un enlace es lo habitual. Y quien lo lee tiene tres opciones: no ampliar la información y pasar a otro tweet, pinchar en el enlace y conformarse con leer el titular de la nueva ventana o, la menos probable, abrir la nueva página y leer hasta la última palabra de lo que el otro twittero nos ha recomendado. Si el enlace lleva a un vídeo de Youtube, nos evitamos tener que elegir, lo vemos entero.



Lo que podemos contar en cuatro o cinco párrafos no lo contamos. Y quien diga que sí, miente. En tres líneas no se puede transmitir lo mismo ni se puede explicar lo que realmente queremos contar si utilizamos para ello un sitio Web escrito por otra persona. Todos tenemos opinión, y mucha. Si seguimos a este ritmo, nuestras cabezas se van a acostumbrar tanto a lo breve que acabará pensando así, con límites de ideas e intentando reducirlas a toda costa para que nos las acepten.