jueves, 2 de mayo de 2013

Buen estreno...




... en un escenario inmejorable.


lunes, 25 de marzo de 2013

Inmovilismo


Estar doce meses ausente en Internet supone prácticamente morir. El Batiente falleció días después de que publicara el último post pero queda su recuerdo, sus párrafos, las opiniones que se trasmitieron a través de sus líneas, y eso seguirá aquí guardado o colgado, como se quiera decir. 


Puede sonar a excusa, pero en realidad no es fácil escribir más de tres líneas seguidas hoy en día si no te pagan por ello. Ya no se estila. Como todas las modas, los blogs han pasado a un segundo o tercer plano en la Red y por delante de ellos se han colocado la brevedad y la inmediatez, se han hecho pequeñitas y se han introducido en nuestros teléfonos móviles (smartphones los llaman ahora) para dejar de lado incluso a los PC’s. En un segundo te escriben, lo recibes y estás contestando o creándote una opinión de lo leído aunque no la manifiestes. Ya no se estilan estos párrafos tan largos.



Ya no se estila enviar mensajes de texto a un amigo para quedar. ¿Y estar más de dos minutos con la duda de si lo habrá recibido, lo habrá leído y estará contestando? Imposible. Y, ¿qué me decís de eso de “dar un toque”? También pasó a la historia por lo mismo, por el suplicio que supone no saber si el receptor lo ha escuchado o no. En sus lugares están el tic verde, con su ápice de duda, y el doble tic verde, que genera automáticamente unas ganas tremendas de pedir explicaciones sobre por qué han pasado cinco minutos y no contestas. 



A todo esto, mientras la forma de comunicarnos va cambiando nosotros seguimos iguales, sentados en el mismo sofá, comiendo en la misma mesa y escribiéndonos a todas horas con aquellos familiares y amigos con los que antes sólo “hablábamos” si encendíamos en ordenador, abríamos el correo y les enviábamos una parrafada para ver qué tal le iba la vida. Podían tardar días en contestar, si es que contestaban, y no pasaba nada. La otra alternativa era hablar de verdad, descolgar el teléfono, marcar y (esto quizás algunos no lo recuerden) preguntar “¿está fulanito?”. Ya no se estila. 



Puede que pase un año, o dos, o solamente un par de semanas y la forma de comunicarnos los unos con los otros o, más bien, controlarnos los unos a los otros, dé miles de vueltas. Sin embargo eso no nos va a cambiar a nosotros mismos automáticamente. El modelo de teléfono móvil, el whatsapp, la tarifa con más megas o tu agilísimo dedo pulgar no pueden vivir por ti. 



¿Cuántas cosas importantes han pasado desde la última vez que nos salimos al fresco? Ahora nos toca a cada uno decidir con qué vara de medir calculamos la respuesta. Hay dos opciones: con la que marcan Twitter con sus TT y el número de caritas de asombro que hayas recibido en tu Whatsapp o, por el contrario, con tu día a día, con el cómo, dónde y con quién estabas en marzo y abril de 2012 comparado con el cómo, dónde y con quién estás ahora.


miércoles, 4 de abril de 2012

Cornetas y tambores


Llevan meses sonando pero ahora llega el momento de verlos pasear por la calles acompañados por más o menos opulencia. Parrapam, pam, papam, pam. Parrapam, pam, papam, pam. La Semana Santa se puede tomar como una fiesta para la devoción o, simplemente, para la afición. No son sentimientos incompatibles, ni mucho menos, pero algunas de las personas que estos días limpian con esmero su corneta o su tambor no son precisamente beatas. Les gusta la música, las marchas procesionales, el parrapam, pam, papam, pam durante horas y horas. Les gusta mucho. Y a la mayoría de los que se agolpan en las esquinas para verles pasar y escucharles también.


Como al que le gusta ver un partido de fútbol o al que le gusta ir al cine a ver los estrenos. Es una afición más que en ocasiones se asocia demasiado al hecho de ir acompañando a una imagen religiosa. La música de Semana Santa te puede gustar como la de Bisbal, y si la has escuchado desde que tienes uso de razón en tu propia casa, aún más que la del ricitos. Meses enteros en la cámara con la corneta o, al menos, con la boquilla, porque no todos los días las cabezas y los tímpanos estaban en condiciones de escuchar los ensayos privados de dos grandes promesas de este estilo.


Lo más importante llegaba en días como el de hoy y, apurando, el de mañana. Había que tener preparado el Aladdin, un limpiador mágico que en realidad dejaba el instrumento muy negro, y la plancha para dar el último retoque a la camisa blanca, el brazalete y el banderín. Uniforme inolvidable que volvía elegantes a quien lo llevara, tanto si tenía el pelo ondulado como si lucía el corte a tazón. Todo debía estar preparado para cuatro días intensos que culminaban algunos años con un Himno de la Alegría exclusivamente familiar. Afición a flor de piel.


Este año es distinto. Las cornetas y los tambores seguirán sonando, las imágenes saldrán de nuevo a la calle si el tiempo acompaña, pero muchas cosas han cambiado respecto a aquellos años. Nos ha dado por recordar, por valorar cómo era antes la Semana Santa y cómo se preparaba. La calidad de la música es ahora mejor pero la afición quizás haya disminuido. Los uniformes son más bonitos pero el planchado del día antes ha perdido expectación y relevancia. Por mucho que cambien las formas y los ritmos, la Semana Santa se asociará siempre al parrapam, pam, papam, pam, al de toda la vida.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Racismo de hoy en día


Dos hechos recientes
sirven para dar un par de vueltas a la cabeza y pensar hasta qué punto deseamos a veces defender lo nuestro. El asesinato de judíos en Toulouse y el fallecimiento de un joven negro en EEUU han reabierto el debate. Pero, ¿se ha cerrado alguna vez? Siempre ha habido y habrá racismo porque siempre existirá alguien que piense que esa otra persona distinta en costumbres y apariencia le está quitando lo que le pertenece. Y en estos tiempos en los que los privilegios y comodidades para muchos escasean, ese pensamiento se extiende aún más.

Hay crisis y lo poco que tenemos para repartirnos entre los ciudadanos de clase media debe llegar solamente a manos de quienes lo merecemos, de quienes somos de aquí, porque el resto ha venido para quitárnoslo y eso no se puede tolerar. Suena cruel, pero suena, y mucho. Y hay que dejar constancia de que no todas las personas que piensan de esta manera van a coger una pistola y se van a tomar la justicia por su mano. Pero entre todas ellas seguro que hay alguien que lleva su indignación hasta el extremo. Es el racista de hoy en día pero similar al de toda la vida, el más convencido, el que se cree superior a las minorías y con capacidad y autoridad para hacerles ver que este no es su sitio.



Lo peor de todo es, sin duda, el daño que hacen a las familias de las víctimas y a las comunidades en las que vivían. Pero desde el fondo de esta oleada de intolerancia se asoma la preocupación del resto de los ciudadanos por volver a repetir episodios nefastos de nuestra historia más reciente. Que no se extienda mucho más esa idea de que nos están robando los que no son de aquí. Que no se extienda.